por Constanza Escobar y Alicia Ibáñez
Publicado en: http://sangria.cl/2011/05/reportaje-la-fiesta-de-cuasimodo/
La fiesta de Cuasimodo es una celebración popular celebrada hace ya más de cien años en nuestro país, y como tal, es una fiel representación de la fiesta popular en las sociedades tradicionales. Una de las características fundamentales de este tipo societal es la preponderancia y la importancia de las fiestas para la constitución de la vida y del tiempo; un tiempo cíclico vivido por y gracias a las distintas fiestas y ritos populares. En dichos momentos la comunidad se valida como tal, ese momento constituye un espacio y tiempo distinto a la cotidianeidad, una connotación de esparcimiento y dejar atrás las reglas y los tabúes que los reprimen durante su vida diaria.
En la actualidad nos resultaría difícil regirnos de esta manera, en un mundo donde el calendario y la rutina son parte fundante de nuestras vidas, sin embargo, la fiestas como las del Cuasimodo nos hacen revivir por medio de la representación un momento originario, constituyéndose en un espacio que permite suspender el tiempo y espacio rutinario que abre lazos tanto con la comunidad como con lo sagrado.
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¿Qué es el Cuasimodo?
La Fiesta de Cuasimodo se vive como una conmemoración a los tiempos de la colonia, cuando el sacerdote, una semana después del domingo de resurrección, iba a dar la comunión a los enfermos en sus casas; el trayecto que debía recorrer el cura correspondía principalmente a sectores rurales bastantes despoblados, propicio para que cuatreros aprovecharan de robar las pertenencias rituales al sacerdote. Así, se dispusieron algunos hombres a caballo para acompañarlo en el camino con el propósito de protegerlo, llevando banderas con los colores papales como una forma de identificación.
Actualmente la fiesta comprende distintas etapas que deben ser cumplidas, de manera ritual. En un primer momento se parte con una misa donde las hostias que serán repartidas a los enfermos se consagran, posteriormente se da espacio a muestras de “chilenidad” con cantos y bailes nacionales como la cueca. Una vez terminada la misa, comienza la procesión ordenada de manera jerárquica: guía la comitiva una carreta especial en la que va el sacerdote, seguida de diversos medios de transporte. La escolta se compone por unos pocos jinetes ubicados delante de la carreta y otros detrás de ella.
Los cuasimodistas, hombres por tradición, arrean los caballos vestidos al modo campesino, cada uno lleva una túnica de colores representativos, manifestándole su respeto a Cristo. Los colores papales predominan, blanco y amarillo, sin embargo cada familia ya cuenta con un color distintivo y es así como podemos ver a ciertas personas con túnicas de color burdeo, pulcramente adornadas, con bordados y lentejuelas en alusiones representativas a símbolos católicos o emblemas nacionales como el copihue, por ejemplo, o con las banderas nacionales con que marchan los cuasimodistas sobre sus caballos también adornados, con guirnaldas, correas o cintas de regalos
En esta caravana que le sigue, después de los hombres sobre los caballos vienen carretas adornadas de diferentes maneras, donde los diversos colores se entremezclan además con globos y con imágenes de Jesús y la Virgen, y donde se observa la participación de los distintos miembros de una familia, o amigos; le siguen autos, camionetas y bicicletas adornadas también como vías alternativas de acompañar la procesión y de correr a Cristo Rey.
Como vemos, dentro de esta fiesta se marcan roles bastante definidos acerca de la función que le corresponde a cada uno de los participantes: los enfermos deben prepararse para esperar la llegada del párroco, los familiares suelen adornan su hogar, el sacerdote debe estar en la carreta con sus implementos listos para dar validez al rito, los cuasimodistas, cabalgan cerca del cura, como parte de la protección que deben representar. En la actualidad algunos de ellos se disponen para marcar la ruta y verificar que todo esté en orden, y después están aquellos que siguen la caravana corriendo a Cristo de distintos medios, haciendo notar la resurrección de Cristo Rey.
También es decisivo que se espere la llegada de los cuasimodistas, la gente se reúne en las calles; en este caso los enfermos se reúnen frente a las parroquias, se les asigna un lugar especial privilegiado, se construyen altares con imágenes de Cristo y la Virgen. La gente los saluda al pasar, muchos de ellos ondeando pañuelos al viento a su paso, tocando campanillas, saludándolos al pasar. En todo el trayecto se escuchan gritos “Viva Cristo Rey, Vivan los cuasimodistas de La Florida”.
Una vez finalizado el recorrido la fiesta culmina en una Media Luna en la comuna. El lugar es apartado, un oasis rural dentro de la comuna. Allí, el sacerdote da los agradecimientos a todos los cuasimodistas que con su esfuerzo y entrega en ese día pudieron desarrollar con éxito su labor, y posterior a eso comienza el divertimento. Todos comen, bailan al ritmo de un grupo folclórico, y lo que predomina es un clima de satisfacción por la labor cumplida. En aquel momento se aprecia también el gasto festivo, la abundancia, que no falte nada de comer ni de beber, todos participan en este momento, donde el gasto se entiende también como un sacrificio, al igual que en todo el trayecto. En las ornamentaciones, en los adornos, todo ello cumple ese carácter ritual expresar la sobreabundancia.
En este punto se suspenden las distinciones, todos participan por igual, se disuelven las jerarquías entre hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, quienes montaban caballos o aquellos que recorrieron en automóvil. Todos están imbricados en un momento fuera del tiempo, todos han vivenciado la experiencia sagrada y por ello, todos se entregan a este gasto sacrificial, indispensable para culminar la festividad.
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Una experiencia estética
Todo este recorrido confluye en una experiencia estética sinestésica, donde todos los sentidos son bombardeados por diferentes estímulos, que unidos al sentido ritual de esta fiesta permite vivenciar una experiencia estética.
En esta fiesta popular predomina un modo cognoscitivo de lo sensible; no se trata de una fiesta racional, donde prime el discurso, o donde se haga patente la necesidad de un saber anterior para poder vivirla y disfrutarla. Es ante todo un rito, una ceremonia que siempre se repite de la misma manera, un conjunto de reglas establecidas para el culto y ceremonias religiosas.
Podemos establecer, por lo tanto, que este rito pasa a ser el modo de llegar a conocer lo sensible, de impregnarse de lo que en un primer minuto fue vivir la presencia del cuerpo de Cristo, y de llenar su espíritu por medio de este. Su comprensión rebasa los límites de la razón y se adentra en el territorio de la sensibilidad, lo importante es cómo cada uno de los participantes siente y percibe la fiesta; es más una cuestión de piel, que un acercamiento intelectual el que se da en ella.
Esta celebración es la representación de la verdad en ese momento específico, es una realidad que pone de manifiesto la verdad posible del instante. Como en todo rito, lo principal es la representación del momento o la escena fundante, de la causa que ocasionó tal celebración; por esto, lo principal del Cuasimodo es el correr a Cristo, revivir su presencia -por medio de la eucaristía- simbolizada en la hostia que no es otra cosa que el cuerpo de Jesús, es el propio Jesús quien es llevado de casa en casa a quienes no pueden recurrir a él. En este sentido se podría decir que es un rito dentro de otro, algo así como las Matrioshkas o muñecas rusas.
Este es el punto central de esta fiesta popular, la presencia de Cristo es lo que determina y configura el transcurrir de los acontecimientos. La preponderancia del cuerpo es fundamental, la gente se prepara para recibirlo, el momento se valida y legitima en tanto la presencia se vuelve una necesidad implacable para el suceso. La fiesta es una algarabía, observamos en ella una ambivalencia entre lo alto y sublime del espíritu de Cristo resucitado y lo bajo, como el cuerpo que ha muerto, ese cuerpo como una forma de resaltar algo que subyace a las apariencias. Puede parecer un tanto contradictorio el que para resaltar algo más profundo que las apariencia se recurra al cuerpo, que no es más que un reflejo de ellas; pero sin duda, es también algo más, es la representación de la vida, del estar presente en un momento que trasciende, en una esfera donde lo fundamental es la revalidación y representación del cuerpo de quien ya no está, y es a través de los participantes de este rito que se manifiesta. Por otra parte, la experiencia ritual se da en más de un aspecto dentro del cuasimodo, las misas- tanto a los enfermos, como la del medio día- son formas de un ritual inserto en otro, son una forma más profunda de confirmación de que lo que se vive es trascendental, una forma más para legitimar ese momento como un “encuentro” especial, como una circunstancia que supera la cotidianeidad y se observa como un tiempo distinto.
Las personas se preparan para vivir este momento especial, ornamentan el lugar esperado para la llegada del sacerdote, se construyen altares rememorando y celebrando la resurrección; los colores papales envuelven el ambiente y entre tantos preparativos se dejan ver mensajes en el suelo, guirnaldas de colores, hojas de olivo y la supremacía del blanco y amarillo. No hay que olvidar que en el rito se dan condiciones distintas a las de la vida cotidiana. La fiesta de Cuasimodo se hace en un día especial y en circunstancias diferentes de cualquier otro día. No cabe duda que es un momento casi mágico, un intertanto hecho para gozar por los sentidos; colores, olores, sonidos festivos, etc.
Las carretas y caballos se embellecen especialmente con los colores papales, como signo de reconocimiento de una fiesta religiosa, que en primera instancia sirvió para identificar a aquellos hombres que acompañaban al sacerdote en el campo. Pero además se mezclan con colores propiamente de la cultura campesina, donde lo recargado aflora como principal característica, envolviendo a los participantes y a los que tienen la posibilidad de observar, en un juego de colores y texturas que permiten una experiencia estética.
Junto con ello, los olores ambientales también influyen en la experiencia; el olor a la transpiración de los caballos, a sus heces en medio de la calle, el olor a cerveza que se desprende de alguna carreta, lo que confluye también con los múltiples ruidos que plagan el ambiente. Los gritos festivos de los cuasimodistas, las bromas entre unos y otros, los saludos y aplausos de la gente al pasar, las campanillas de las carretas y aquellas que suenan al llegar donde los enfermos. A esto se une el sonido de los pasos de los caballos en el pavimento, el tronar de las herraduras cada vez que tocan el suelo, que de cuando en cuando se confunde por las bocinas de los automóviles. En un rasgo que al mismo tiempo le da mayor énfasis al carácter de hibridismo y sincretismo entre esta manifestación tradicional realizada en una ciudad moderna. Así en todo ello se observan resabios de la tradición popular, aquella que emerge con picardía en frases presentes en las carretas como: “Uste preocúpese de lo suyo” o “Sólo Dios sabe si vuelvo”.
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¿Una fiesta verdadera?
En la actualidad, esta fiesta se constituye de manera doblemente ritual, es decir como un rito dentro de otro, en cuanto se trata que acontezca nuevamente aquel tiempo de inicial, donde el participante de esta fiesta toma el papel de aquel cuasimodista que en la época colonial debía procurar que el sacerdote no fuera asaltado por cuatreros en el camino, como una manera de representar el origen de esta tradición; y por otro lado, tiene por objeto hacer valer el ritual de la comunión religiosa, recibir el cuerpo de Cristo resucitado. Se entiende como una fiesta de tradición – en un principio rural – religiosa, quedando enmarcado dentro lo que se puede llamar como religiosidad popular. En este sentido, la fiesta funciona como una representación dentro de una representación, como una reduplicación de la realidad.
Además no sólo es la representación de una realidad pasada, sino que funciona como una representación vicaria de la Sociedad, es decir se ven demostrados los lazos que se presentan en la comunidad. La fiesta funciona como una representación del sujeto colectivo de la sociedad, si bien está claro que existe una jerarquía que se da en la propia representación con el sacerdote a la cabeza, en la comunidad que participa en el cuasimodo se puede decir que esta experiencia ayuda a la unión de los lazos de la comunidad en cuanto se abocan una misma causa. El ritmo de la propia procesión, deteniéndose cada vez que el párroco se baja en la casa de un enfermo, permite el tiempo para que se pueda compartir.
Si bien aquí se marca igualmente una jerarquización respecto a los roles, vista sobre todo en la composición en la caravana, esta se da en el ámbito de la representación. A nivel general se puede decir que existe una suspensión de los roles y jerarquías sociales que cada uno comprende en su vida cotidiana, los miembros de la comunidad se entienden como iguales. Aunque se debe hacer la salvedad que se identifican, de todas formas, distinciones por ejemplo entre los que poseen o no poseen caballos, y también entre los que poseen medios de transporte para participar en la corrida, pero la lógica de la fiesta permite igualmente que se presten ayuda entre sí (los que tienen medios tratan de compartirlos).
Se puede decir que existe de alguna manera una contraposición entre la imagen ilustrada del cura, como entidad que viene de una realidad distinta a la que pertenece la comunidad, y esta misma la cual se rige por sus propias reglas que muchas veces se contradicen con lo que espera el sacerdote, como es el caso de los beben alcohol o los que vociferan bromas que conllevan características propias de la picardía campesina, lo cual en un espacio sagrado es mal visto por una concepción ortodoxa. Sin embargo estos mismos elementos son los que, por un lado, contribuyen a reforzar los lazos entre las personas y por otro, les da el carácter de fiesta popular.
De esta manera, podemos decir que una fiesta verdadera nos lleva al ámbito de una fiesta compuesta por todos los elementos que hacen de ésta un evento especial, de ahí que se pueda establecer como un tiempo y espacio propicio para una relación con el ámbito de lo sagrado. En cambio, una verdadera fiesta nos lleva a una esfera puramente lúdica en que prima el desorden, pero no necesariamente da lugar a que se convoque un espacio hierático. Es como si sólo se quedase en un aspecto sensorial, en el cual ciertamente es posible tener experiencia estéticas, pero tal vez no constituyéndose en una experiencia trascendental, que involucre un vínculo sacro y también con la comunidad.
También se puede decir que existen grados de participación, por un lado está la gente que se prepara para correr a Cristo y que viven el Cuasimodo como una fiesta verdadera que los acerca a lo sagrado. Aquí, como veíamos, juega un papel particularmente importante la experiencia estética que se entremezcla con la experiencia religiosa, los colores que están presente, los gritos de aliento a la comunidad, los roles que cada uno debe encarnar hacen que se viva un momento especial de conexión con lo sagrado. Una experiencia parecida es la que se da por parte de los que esperan en las casas, tanto los enfermos como los parientes o amigos, quienes festejan el paso de la caravana con la experiencia de la gratitud y de la gracia religiosa.
Por otro lado, hay quienes participan en el cuasimodo de una manera menos comprometida, como los más jóvenes por ejemplo, que al parecer viven la fiesta no tanto en su relación con lo sagrado sino más bien como un encuentro en el que comparten con sus pares, lo que no esta exento en el primer caso. Y finalmente los que ven el Cuasimodo en un rol de espectador, como fue nuestro caso, para quienes sin necesariamente compartir las creencias particulares de la fiesta, en algún momento igualmente nos vemos envueltos en el juego de colores y reminiscencias rurales de las carretas adornadas, los caballos, los sonidos de campanas, pareciendo acudir a un encuentro de un mundo lejano – sobretodo para quienes nos concebimos como personas propiamente urbanas, asociadas a la dinámica de la ciudad – en este sentido, la fiesta tiende a hacer participe a todo aquel que se encuentre cerca, aunque esta participación sea en diferentes niveles. De este modo, la fiesta obliga a fundir la diferencia de actor / espectador tratando de hacer a todos participantes, por lo que aquellos que no participan, se ven como descontextualizados y de alguna manera excluidos de ella. En este sentido, la fiesta tiene un efecto que arrastra a ser incorporados.
Según la perspectiva de los participantes, aquel día es dedicado en plenitud al Señor, a dar la esperanza que trae Jesús resucitado a los desvalidos, en este caso los enfermos; de esta manera se hace una detención de las actividades habituales. De esta manera, los cuasimodistas viven ese sentido religioso, se encuentran en ese momento en comunión con lo sagrado, y la fiesta en sí representa una suspensión de lo profano, de la cotidianeidad, marcando un tiempo diferente al ordinario. Así, se puede entender esta fiesta como la reactualización de un mito que da vida y mantiene a la comunidad unida, un ritual que es necesario volver a vivir para continuar el curso natural de las cosas.
Se da una inversión de los valores, si en la vida cotidiana opera la lógica de la escasez tanto de tiempo (como vida rutinaria que impide perder tiempo) como de los medios económicos, aquí se hace muestra de una sobreabundancia de tiempo y bienes para dilapidarlos. Sobre todo, como ya señalábamos, hacía el final de la fiesta: cuando ya se tiene la noción de la labor cumplida se permite algo así como un premio, donde se deja a relucir la abundancia sin medida que se da en la fiesta: “que no falte nada”, “sírvase no más”, una representación del gasto festivo.
De esta manera podemos entender el Cuasimodo como una fiesta verdadera que se presenta en la urbe como una reminiscencia a nuestros orígenes y nos hace partícipe de ella, envolviéndonos en una experiencia estética como reflejo de sincretismo entre la religiosidad popular y las creencias católicas. Junto con ello, podemos concebirla como un rito que reactualiza el momento fundante, como un momento de suspensión espacial y temporal respecto a la cotidianeidad que involucra en un tiempo sagrado y que con ello mantiene los vínculos de la comunidad.
Fotografías: Constanza Escobar