
La prolífica generación de 1910, introduce a la poesía chilena, al ámbito de la literatura contemporánea. Así lo confirman dos interesantes estudios, uno, realizado por el destacado crítico literario “Alone” ( Hernán Díaz Arrieta), con su “Historia personal de la literatura chilena” y el otro, del escritor premio nacional Manuel Rojas, con su “Historia de la literatura chilena”, más otros de igual valor, como el interesante ensayo de 1954, sobre el criollismo, realizado por el escritor Ricardo Latcham.
Sin embargo, es con la llegada a Chile del poeta Rubén Darío, en 1886, comienza el fin del romanticismo tardío del Chile del siglo XIX y la entrada hacia una nueva lírica que comienza a imitar a los parnasianos, siguiendo después con los simbolistas y decadentes.
Otros, destacarán en este aspecto, la influencia de autores, como: Esponceda, Bécquer y Heiru influencias que inauguran en Chile “(…) la revolución modernista con una contribución de carácter indudablemente chileno” (Fernando Alegría).
La influencia de Rubén Darío, dará sus frutos hacia fines del siglo XIX, donde se destacan la producción poética de Francisco Contreras, Pedro González y Bórquez Solar.
Esta primera etapa, llevará a la introducción de la poesía chilena, hacia el ámbito contemporáneo, mas será en la esfera del placer del arte puro, con temáticas etéreas e ideales, pero que irá derivando, hacia una poesía de estilo lírico, con cultores más jóvenes, que exhibirán sus producciones, en las proximidades del centenario de nuestra independencia nacional.
“(…) Son los nuevos portaliras más sinceros, más humanos, más originales, de sensibilidad más honda, los que han hecho poesía y novela verdaderamente nacionales” (De: Cabero, Alberto; En: “Chile y los chilenos”; pág. 327; 1926).
Es así, que su producción, los colocará en concomitancia histórica, con la segunda fase de la literatura criollista, cuyos antecedentes se remontan al costumbrismo romántico - corriente no muy cultivada en nuestro país- y su fusión con la escuela naturalista.
“(…) En Chile la mayoría de los escritores del siglo XIX desdeñó la vida campesina y prefirió la ciudad para sus descripciones y enredos novelescos (…) El paisaje interesó escasamente y los prosistas no supieron o no pudieron descubrirlo (…)” (Ricardo Latcham).
Con el naturalismo, el hombre metafísico o abstracto, fue desplazado por el interés en el hombre natural, encarnado en el estudio y registro del los tipos, costumbres y paisajes populares.
Es así, que en las proximidades del centenario, las letras nacionales adquieren una cierta connotación nacionalista en sus temáticas, evidencia de una inquietud transversal en el ámbito creativo, manifiesta en una visión ceñida de lo chileno, lo nativo o lo local.
“(…) piedad a los humildes, las rebeldías sociales, el amor patrio y la mayoría ha cantado o a contado lo más característico de Chile, la naturaleza agreste, la vida campesina, sus trillas y sus pendencias (…) Esta evolución de la literatura es, pues, en parte imitado, en parte obra de instrucción que ha ido extendiéndose de los hijos de los vascongados, reflexivos, sin inquietudes ni fantasías, que nos dieron historiadores y juristas, a los hijos del pueblo, más sensibles, soñadores e imaginativos, de donde han salido nuestros mejores artistas, como si aun bullera en su sangre andaluza, heredada, el sortilegio, el hechizo de la tierra del sol y de la gracia” (De: Cabero, Alberto; En: “Chile y los chilenos”; pág. 328; 1926).
Así, de esta generación del centenario o de mil novecientos diez, podemos destacar como máximo exponente, al poeta Carlos Pezoa Véliz, creador “de un acento profundamente chileno, no por que cantara a las glorias nacionales o héroes militares, sino por que retrató figuras humanas, el ambiente, el lenguaje y el tono (…)” (Manuel Rojas).
Carlos Pezoa Véliz, tiene la importancia de ser quien inicia el período moderno de la poesía chilena, con su obra “Alma Chilena” de 1911, siguiendo en esa senda renovadora personalidades disímiles posteriores, como Gabriela Mistral, Pablo de Rokha y Vicente Huidobro.
También, figura destacada es Pedro Prado, artista diverso en sus disciplinas expresivas, fundador en 1914 del “Grupo Los Diez”, que en su poesía abordará las esencias chilenas del paisaje, flora, fauna y hombres como los reflejan los títulos de sus obras: “Flores de cardo” (1908), “La casa abandonada” (1912), “El llamado del mundo” (1913), etc.