Como parte del proyecto bicultural de nuestra escuela, debíamos organizar la celebración del Wetripantu, es decir, el año nuevo indígena o del hemisferio Sur. Esta fiesta se viene realizando en nuestro continente hace ya varios cientos de años y en la actualidad ha retomado cierta popularidad entre las comunidades. En la escuela sería la segunda vez que rememoramos este antiguo tiempo.
Entre otras tantas actividades, se nos ocurrió como Baile Chino Adoratorio Cerro Mercacha, subir a las alturas del cerro sagrado que nos da el nombre. Queríamos presentarnos y agradecer a la deidad precolombina, al monte Aconcagua y a todos los antepasados que alguna vez habían bailado en esa misma cima. La tarea consistiría en la recuperación del espacio sagrado existente en el cerro que todos conocen como ”La Mesa”, ya que arriba, sobreviven variados vestigios de lo que fue el centro ceremonial más importante del valle del Aconcagua hasta la llegada de los españoles.
Nos aventuramos entonces con la cofradía hacia lo que sería un ceremonial histórico, pues la subida de un Baile Religioso con Raíz precolombina, como el nuestro, no se había registrado de forma alguna. Podemos imaginar eso sí, que antes del arribo del Huinca, los antiguos bailes realizaban rituales constantemente, pero eso después del estudio científico de antropólogos y arqueólogos, quienes reconstruyen esa parte perdida de nuestra historia como americanos.
Conscientes de la importancia del ritual que haríamos, sacrificamos tres horas de ascenso. Ya en la cima bailamos mirando lo que sería el monte más alto de América, el Aconcagua, pero que aquel día estaba tapado con una inmensa red de nubes. Sin embargo, adivinábamos su presencia. Dejamos una pequeña ofrenda consistente en maíz, papas, tabaco, hojas de palqui y algunos piñones. Todo tratando de significar nuestra identidad ancestral con esos productos de la tierra americana.
Pasaron al menos 3 00 años para que se realizara un ritual con baile chino en la cima del cerro Mercacha y fue una treintena de niños, estudiantes, apoderados y profesores los que retomaron la senda precolombina, renovando la fuerza que se oculta en esos altares antiguos. Honor sentimos, pero también una responsabilidad infinita de volver cada cierto tiempo y bailar recordando. Responsabilidad también de difundir la real raíz de nuestro valle y de nuestra raza.