Amaneció por fin el día 18 de Septiembre de 1810. Desde las primeras luces del alba los batallones de línea y las milicias cívicos, bajo el mando del comandante de la plaza coronel Juan de Dios Vial, comenzaron a ocupar posiciones que se les habían señalado anticipadamente, para impedir bochornosos incidentes. El Regimiento del Rey recibió el honor de alinearse a un costado dela Plaza de Armas, entre la Casa Colorada y el Consulado, para formar calle al conde de la Conquista en su trayecto desde su residencia al lugar de reunión del cabildo abierto. Finalmente, en la gradería y puerta del palacio del Consulado se estableció una guardia escogida, no tanto para rendir honores a las personalidades que entraran, como para impedir que se filtraran en la sesión individuos desprovistos dela esquela repartida el día anterior. Cuatrocientas treinta y siete habien sido esas tarjetas y se las distribuyó con un cuidado tan especial a españoles peninsulares. Esta argucia urdida por los patriotas del Cabildo, con el fin de lograr una abrumadora mayoría en las votaciones, exigía una atenta revisión.
El señor Infante, se dirige a la audiencia y expresa con solemnidad--: Gracias a la Providencia, hemos conseguido en el día de hoy, 18 de Septiembre de 1810, dejar establecida una Junta de Gobierno provisional para que tome el mando dela nación y administre el patrimonio nacional en tanto se resuelven los conflictos de España.
Será nuestro Presidente perpetuo el señor conde de la Conquista, don Mateo de Toro y Zambrano, caballero de la Orden de Santiago – Para el cargo de Vicepresidente proponemos al prelado don José Antonio Martínez Aldunate – Para Primer Vocal se propone al ex miembro del Consejo de Indias don Fernando Márquez de la Plata, para segundo vocal, al doctor Juan Martínez de Rozas, para tercer vocal el Ilustre coronel de milicias don Ignacio de la Carrera.—Los aplausos con que habían sido recibidos los nombres de los designados fueron interpretados por la mesa directiva como una manifiesta aprobación. Aunque los cabildantes en general han sido electos pro unanimidad, Manuel Rodríguez propuso nombrar cuatro miembros más, el bachiller entonces, había tenido buen cuidado de captarse el apoyo de numerosos concurrentes y todos ellos lo secundaron. – El secretario, Sr. Infante entonces, anuncia que la innovación fue aceptada y aunque ardua y prolongada fue la deliberación, los jóvenes rebeldes lograrían que se nombraran dos vocales más, Sr. Coronel Francisco Javier Reina y don Juan Enrique Rosales. Por fin a las dos y tres cuartos de la tarde, se consiguió consolidar a la Primera Junto Nacional de Gobierno. – Argomedo descolgó el crucifijo que estaba en el testero de la sala y lo mantuvo en alto mientras el señor Infante colocaba sobre la mesa el libro de los Santos Evangelios. Luego, lentamente fue pronunciando el juramento de rigor, que los siete caballeros repitieron en voz baja:
“ Juro a Dios, nuestro Señor, usar fielmente del cargo para el cual he sido elegido, derramar la última gota de mi sangre en defensa del reino, propender con todo empeño a conservarlo para nuestro muy amado monarca el señor don Fernando VII y para seguro asilo de nuestros amados y afligidos hermanos europeos. Juro obedecer siempre a los legítimos representantes de la soberanía y proporcionar el mayor bien posible a todos los habitantes de Chile”.
LOS FESTEJOS EN LAS CHINGANAS.
Eran las tres de la tarde del 18 de septiembre. Agotados por las seis horas de tempestuosos debate, pero radiante triunfo obtenido los asistentes al cabildo abierto presenciaron con nerviosa continencia la realización de los últimos trámites que faltaban para que la Juta de Gobierno quedase asentada a firme.
Los patriotas que habían participado en la reunión abandonaron lentamente el palacio del Real Consulado y, felicitándose mutuamente, se diseminaron por las calles de Santiago para repartir la buena nueva.
Aquella ceremonia no señalaba explícitamente la independencia de Chile, pero todos los patriotas caminaban ya con la rentes más altas y el ademán soberano; se sentían dando los primeros pasos por el luminoso camino de la libertad.
Durante las horas siguiente, la población, el conglomerado humano intrínsecamente pueblo, comenzó por la primera vez a paladear el sabor de aquel concepto tan desconocido. Sirviendo a sus propios interese, los patricios criollos habían estado hablando a sus peones y sirvientes de libertad e igualdad, sin conseguir que entrar en sus cabezas rudas el sentido de aquellos términos. Pero en las festividades que se realizaron en la tarde y en la noche del 18 de septiembre, el elemento popular conoció la novedad de compartir con los jóvenes de la aristocracia la alegría por el triunfo logrado.
En el cause seco de la Cañada se habían instalado fondas y ramadas, como asimismo en el arenal del Mapocho y en el llano de Guangualí. Guitarristas, cantoras, rabelistas y tamborileros atronaban los aires con las melodías saltarinas de las danzas populares, y los jóvenes revolucionarios Manuel Rodríguez, Manuel Orrego, Alberto Campino y muchos otros, entre los cuales se mezcló hasta el atildado poeta Bernardo de Vera Pintado, recorrían las chinganas brindando con los hombres y requebrando a las mujeres. Por primera vez en la historia del reino, las diferentes clases sociales se confundían en una regocijada fiesta.
Don Manuel Rodríguez era, sin duda, el que más lucía en aquel ambiente de jolgorio. Su ingenio, su conocimiento de los usos y el lenguaje del pueblo, su elasticidad y picardía de bailarín, justificaban una vez más la fe y la admiración que los humildes sentían por él. Con viril fraternidad brindaba con los varones y, con igual delicadeza con que trataba a las grandes damas, cortejaba a las muchachas de las fondas, bailando con ellas briosas zamacuecas y alegres refalosas.
Se cuenta que su última estación la hizo, ya de madrugada, en la fonda “El Colchagüino”, donde como siempre, lo aguardaba su enamorada Flor María. Con un cacho lleno de vino en la mano recita :
“Este 18 de Septiembre, re recordará la historia, representa el cariño que los nacidos en Chile sentimos por esta tierra hermosa por su sol de maravilla, por los campos verdes y dorados perfumados por la hierbabuena la alfalfa y el tomillo. ¡Acérquese más, mi linda, y taconeemos sobre la tierra nuestra, hasta hacerla que retumbe como un tambor que maya pregonando nuestro alivio y nuestra felicidad!”