Entre el tango, los boleros, el fox, y la infaltable cueca reina, las noches de la bohemia sanfelipeña de los cincuenta transcurrían en los patios embaldosados de la Quinta de recreo El Montepenicce. El centro de la pista de baile (una especie de lugar sagrado) se rodeaba de fieles cultores del movimiento y el ritmo. Cada cual con sus mejores pintas. Ellas esperanzadas en el peinado y el vestido, soñaban en el galán que les acompañaría para siempre, si esa noche la divinidad recordaba los ruegos, que todas las noches ritualmente dirigían al cielo.
Aquellos que recuerdan el lugar, sabrán que en ese entonces la orquesta inauguraba con un tema de “La Huambaly” justo en el momento en que la primera botella era descorchada por uno de los tantos ciudadanos que celebraban, sepa Dios que digna fecha.
Muy pocos se percataban que en un rincón, la tradicional tinaja, construida con las tierras sólidas de Las Coimas y que había sobrevivido a los antiguos días del siglo XIX, permanecía en el silencio. Mientras la orquesta de “Los Reales” reinaba en la esquina de Santo Domingo y Toromazote. Solo aquellos que pasaban gran parte de sus laboriosos días en el Montepeniche podían saber que ya muy de madrugada, desde el vientre de greda surgía un canto. Los dueños, tratando de cuidar la reputación del lugar guardaban el secreto. Sin embargo, incontables son las veces en que el garzón debía responder preguntas como: ¿ Es verdad lo que dicen acerca de esa tinaja? O ¿Por qué no me cuenta la historia de la tinajita?
...Cuando el agua estaba en su punto y el mate con poleo ya preparado, la mañana se dejaba adivinar tras la cordillera. Algunas risas recorrían las calles como últimos vestigios de la noche y los festejos. En la cocina las copas sonaban a limpieza. En el comedor o se contaban las propinas que los buenos clientes habían entregado o se recolectaba el tradicional bigoteado. Era entonces cuando de improviso, un sonido al principio inentendible, iba llenando poco a poco el restaurant. Los más asustadizos huían hasta donde estuviera más concurrido, o simplemente, implorando hacia el cielo, rezaban un Padre Nuestro y su respectivo Ave María. El canto cada vez era más agudo y angustiante. Sin embargo, luego de unos cuantos minutos y al parecer gracias a la benevolencia del fantasma, el terrorífico mugido desaparecía junto a la sombra que se había apostado a un lado de la tinaja...
¿Música, canto o llanto fue aquel sonido? ¿ De muerto, llorona o suicida era la sombra que amanecía en el fondo de la antigua vasija? Al parecer nadie lo sabe. De todas formas pudimos, tras gran esfuerzo, recabar algunas singulares versiones acerca de la aparición siempre fantasmal de aquel gorjeo siniestro. Había quienes relacionaban el fenómeno con la desaparición del “Zorzal criollo”, Gardel. Otros aseguraban que el rumiar misterioso no era más que el llanto de uno de los heridos de amor que quiso olvidar su congoja clausurando sus días en el sarcófago de greda. Por último, la más convincente de las respuestas, establece que en este recipiente del pasado, reposaban todos los cantos borrachos y enamorados, que recopilados a través del valle, encontraban este parlante perfecto, que hasta hoy resuena en la “tres veces famosa”.
Comentarios
..me inclino definitivamente
..me inclino definitivamente por la tercera teoria...jajaj...me ha tocado verlo no solo en tinajas..saludos Mario..lindo relato
Entretenido y buen
Entretenido y buen relato.
Saludos cordiales desde la comuna de la miel: Santa Bárbara,
Claudia
Excelente artículo, Mario. Da
Excelente artículo, Mario.
Da gusto que gente como tú, sea capaz de lograr visualizar esos objetos y sujetos inadvertidos por la masa... y es aún mayor el mérito si eres capaz de destacarlo, como en este texto.
Muchos saludos.